saber que cuando se cruzan nuestras miradas,
tú no te das cuenta,
pero
no veo tus ojos,
veo tu alma,
desesperada y contrita,
y en tu retina
la miel condensada
de todas tus ganas
por darte entera y clara.
Santa,
Desnuda naturaleza plena
que con el frío de la noche,
enredado en tu cabello,
el viento,
como tú, calla.
Risueña profunda
a quien alguna vez le dolió
el alma
y hoy en mis brazos sana.
Deberías saberlo, también,
que cuando nos abrazamos
a fundirnos en uno,
tu diminuto cuerpo,
en el mío,
no sólo encaja,
sino que
entre tu aroma, tu aliento
y tus latidos
-no escapa-
¡huye hacia mí!
de espanto,
atravesando mi pecho,
alterando mi alma,
para decirme,
sollozando triste,
que lo acaricie, cobije y abrigue
y con una de mis voces
le susurre en calma...
Y con mi palma extendida acaricio
y desenredo
esas trenzas
que tu imaginación atrapan;
Nativa, cariñosa
que en tu vientre
aguardas desesperos
por entregarte entera
a saciar tus ansias.
He pensado que deberías de saberlo
que cada vez que giras
y me das la espalda
te desvisto
buscando por dónde mejor
te atrapo,
lujurioso y complacido
imaginándote insaciable y deseosa
disfrutando lo que hace mucho
te hace falta.
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